jueves, 16 de junio de 2011

09. “TIEMPO DE LIBERACIÓN” CURSO ¡TIEMPO JOVEN!


De Corazón a Corazón
“Una Ventana Abierta al Camino del Éxito Juvenil”
Tiempo Joven Lección 09/13

¡Hola! Mucho gusto de saludarte. ¿Cómo lo has pasado desde nuestro último diálogo? Nosotros, muy bien, siempre deseosos de ofrecerte lo mejor. Por eso, hoy compartimos contigo un tema de extraordinaria importancia para tu vida.

Cierto vendedor ambulante de pájaros se encontraba en una esquina de la cuidad. Y mientras ofrecía su mercadería apareció un cliente quien, después de comprar un hermoso pájaro, lo lanzó hacia lo alto y lo dejó en libertad. En seguida compró otro pajarillo, con el cual hizo lo mismo. Y así le fue comprando uno tras otro todos los pájaros, y los fue dejando en libertad.

El vendedor, queriendo conocer el motivo de ese extraño comportamiento, le preguntó a su cliente por qué había dejado en libertad a todos los pájaros. Y el hombre le contó que acababa de salir de la cárcel después de un largo encierro, y que sabía cuán preciosa era la libertad.

“No podía ver a esos pájaros enjaulados –añadió el hombre–; y por simpatía hacia ellos los compré para dejarlos en libertad”.

Al igual que los pájaros, los seres humanos amamos la libertad. Y cuando la perdemos por alguna razón, hacemos cualquier esfuerzo por recuperarla. Deseamos ser libres. Pero no sólo libres de una cárcel, sino también libres de la pobreza, de la ignorancia, de la enfermedad, de las guerras, de la maldad y de cualquier desgracia que nos impida sentirnos felices.

San Pablo escribió: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7:19). Se sentía como esclavo de su propia conducta errónea. Se proponía hacer algo bueno, y hacía lo malo. Y el mal que quería evitar, eso era justamente lo que hacía.

¿No pasa también en tu vida algo parecido?

Sí, ésa es en alguna medida la lucha de todo buen joven: desarrollar suficiente fuerza para vencer el mal y hacer sólo lo bueno. ¿Verdad? Y esta victoria sobre el mal te hace sentir libre y feliz.

Ahora bien, ¿de qué manera es posible evitar que el mal nos domine?

D e s p u é s de luchar con sus propias tendencias hacia el mal y el pecado, San Pablo descubrió el único camino: Jesús. Y terminó diciendo: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 7:25).

El mismo Jesús declara: “Si el Hijo [refiriéndose a El mismo] os libertare, seréis verdaderamente libres” (S. Juan 8:36). Es decir, si dependemos de Cristo y de su ayuda, podemos vernos libres del mal. Cuando estamos con Dios, el mal no encuentra lugar para prosperar y esclavizar. “Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Corintios 3:17).


1. NECESITADOS DE LIBERTAD
Tal vez tú estés pensando que no tienes ninguna maldad en tu corazón. Y por eso te consideras un joven bueno y correcto. A lo menos no cometes actos perversos y depravados. Sin embargo, la Sagrada Escritura declara que “no hay justo, ni aun uno”, y que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:10, 23).

Una declaración fuerte. ¡Pero verdadera! Aunque nos cueste reconocerlo, todos somos pecadores delante del Dios perfecto, Creador del cielo y de la tierra. A tal punto que, como declara el profeta Isaías, aun nuestra pretendida “justicia” es “como trapo de inmundicia” (Isaías 64:6). Desde el mismo comienzo cuando el pecado entró en la tierra por causa de la desobediencia de Adán y Eva, todos hemos ido heredando debilidad, imperfección y tendencia al mal. Esta es la gran tragedia de la humanidad.

El pecado nos envuelve, nos enferma, nos arruina y nos separa de Dios.

“Pero cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos5:20), es decir, el perdón y la capacidad restauradora de Dios. Jesús enseñó que a pesar de todo nuestro pecado, Dios nos ama con un amor infinito. Un amor más profundo que cualquier pozo de maldad en que pudiéramos haber caído.

Por eso, “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” divina, que es sinónimo de amor, de perdón y de poder restaurador. Así de maravillosa es la gracia de Dios. Alcanza a los peores pecadores, con sus crímenes y corrupciones; pero también alcanza a los que fingen bondad y no la tienen, a los que se creen buenos y no lo son, y a los que se llaman “cristianos” y se olvidan de vivir como tales.

2.  LA ACCIÓN DEL LIBERTADOR
Decíamos que por la desobediencia de nuestros primeros padres el pecado se extendió a todos los corazones en todos los lugares. Esto parecería una injusticia.

¿Qué tenemos que ver nosotros con el pecado de Adán?

Pero desgraciadamente, como el pecado es una enfermedad tan contagiosa, nos contagió a todos. No hay peste o epidemia peor que el pecado. Pero felizmente hay remedio para esta enfermedad tan atroz. Nota cómo se expresa San Pablo: “Así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno [Jesús], los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19).

¿Comprendemos entonces que así como por un solo hombre, Adán, todos somos pecadores, también por un solo Hombre, Jesús, todos podemos vernos libres del pecado y sus consecuencias?

Cristo es el Regalo más precioso de Dios a la humanidad. Porque en El tenemos la posibilidad de vivir eternamente. La Biblia afirma: “La paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).

Este es el gran contraste que nos presenta la Sagrada Escritura. Mientras por un lado la “paga” o consecuencia del pecado es indefectiblemente la muerte, por el otro, el gran regalo que Dios nos ha hecho en la persona de Cristo asegura nuestra vida eterna. La enfermedad y la muerte no estaban en los planes de Dios cuando El creó a la primera pareja humana. Fue el pecado el que acortó y arruinó la vida.

Pero tan ciertamente como estamos condenados a morir por causa del pecado, estamos destinados a vivir para siempre gracias a la intervención de Cristo.


¡Te amó tanto, que te regaló su vida para hacerte eternamente feliz!

¿En qué consiste la intervención redentora de Cristo? En que El murió en nuestro lugar. El ofrendó su vida por nosotros. Y si aceptamos ese sacrificio hecho por amor, tenemos vida eterna.

1. “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

2. “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (S. Juan 3:16).

3. Cristo vino al mundo “para dar su vida en rescate por muchos” (S. Marcos 10:45).

Estos tres textos bíblicos muestran:
(1) el gran amor de Dios hacia nosotros, y
(2) la razón básica por la cual Cristo vino al mundo.

¿Te habías puesto a pensar que Cristo vino al mundo para morir? Sí, vino a entregar su vida, a rescatarnos de la muerte. Y eso ocurrió cuando expiró en la cruz. Su muerte en la cruz no fue una derrota. Fue el gran triunfo del amor de Dios, que se completó con la resurrección de Cristo.

¿Conoces el caso de aquella madre que donó sus orejas para que las injertaran en su hijo de edad escolar, quien había nacido sin orejas?

Al cabo de los años, esa madre enfermó y falleció. Fue entonces, y no antes, cuando el padre le contó a su hijo ya hecho hombre la verdadera historia: que las dos orejas que él tenía eran una donación de amor de su propia madre. Casi sin poder creerlo, el hijo se dirigió al cuerpo inmóvil de su madre, para descubrir que debajo de su hermosa cabellera efectivamente no había orejas. Su amor maternal la había llevado a realizar ese sacrificio y a mantener el secreto durante toda su vida.

Conmueve el sacrificio de esta madre. Pero el de Cristo fue infinitamente mayor. Con todo el poder que tenía, El podía haber evitado la cruz. Pero estuvo dispuesto a privarse de su vida, para regalárnosla a nosotros.

¡Un sacrificio que sobrepasa nuestra comprensión! 
¡Un amor que no merecíamos!

Y si tú hubieses sido el único pecador o pecadora del mundo, El igualmente habría muerto para salvarte sólo a ti. ¡Cuán preciosa es tu vida para Dios!

Fuera de Cristo no hay salvación ni liberación del pecado. Bien dijo San Pedro: “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos de los Apóstoles 4:12).

Cristo es el único que puede darnos libertad espiritual. Incluso, el que está preso puede ser libre dentro de la prisión. Tiempo atrás, un joven nos escribía así desde la cárcel: “Creo que no hubo mayor pecador que yo. Cometí toda clase de crímenes. Hasta intenté matar a mi propio hermano. Estuve encarcelado varias veces. Era una persona aborrecible. Pero hoy digo con gozo que lo que Satanás destruye, Dios lo reconstruye con su amor. A pesar de estar dentro de los enormes muros de esta prisión, me siento libre, lavado por la sangre preciosa de Jesús”.

3. NUESTRA PARTE
¿Lo hace todo Cristo por nosotros, o hay algo que también nosotros debemos hacer? Aquí está la respuesta: “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).

¿No es sorprendente? Somos “salvos” o libres del pecado y de la muerte “por gracia”, como un regalo inmerecido. Y se añade: “Por medio de la fe”. Es decir, debemos creer o tener fe para aceptar que Cristo (con su vida, su muerte y su resurrección) es nuestro gran Salvador.

Tal vez te preguntes: “Y si yo no tengo fe, o me cuesta creer, ¿qué puedo hacer?” La respuesta es simple: La fe “es don de Dios”. De manera que si nos falta la fe, podemos pedírsela a Dios, para recibirla como un regalo adicional.

En conclusión:
La salvación es un regalo de Dios, que recibimos mediante otro regalo, que es la fe en El.
¿Podríamos pretender algo más de parte de Dios?

El texto bíblico también decía: “No por obras, para que nadie se gloríe”. Jesús nos salva no porque nos comportemos bien. Eso sería como “comprar” la salvación mediante nuestras buenas acciones. El nos salva porque se compadece con amor de nuestra necesidad.

Sin embargo, una vez que aceptamos por la fe la salvación gratuita de Cristo, dejamos que El maneje nuestra voluntad, nuestros pensamientos, sentimientos e intenciones, con lo cual nos hace nuevas personas. Nacemos espiritualmente de nuevo. Cambia nuestro modo de pensar y de obrar. Entonces se cumple la declaración de que “somos creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Efesios 2:10).

Pero esas “buenas obras” no son para comprar nuestra salvación, sino que surgen después, como resultado y fruto natural de haber aceptado la salvación. ¿Te resulta claro?

4. PASOS HACIA LA LIBERTAD
Cristo no nos salva por la fuerza, sin nuestro consentimiento. El nos persuade y nos convence de nuestra necesidad de salvación. Produce en nosotros el arrepentimiento por nuestros pecados. Y por arrepentimiento se entiende un sentimiento de pesar por todos nuestros males, y un firme deseo de abandonarlos.

Una vez que experimentamos el arrepentimiento, de manera espontánea damos un segundo paso, que se llama confesión. Le abrimos nuestro corazón a Dios, y le confesamos nuestros pecados para que El nos perdone. “Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 S. Juan 1:9).

Nuestra confesión debe hacerse directamente a Dios. Así lo indicó Jesús, cuando enseñó la oración modelo del Padrenuestro.
Y además prometió:
“Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os los dará”, incluso su perdón
(S. Juan 16:23).
En virtud de su amor hacia nosotros, Dios es “amplio en perdonar” (Isaías 55:7);
borra nuestras rebeliones (43:25);  “echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Miqueas 7:19).
“El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13).

¡Como el sol renueva cada día la tierra, así Cristo puede renovar tu vida!

Luis XII, rey de Francia entre los años 1498 y 1515, tenía enemigos al ascender al trono. Una de sus primeras tareas fue ordenar que se hiciera una lista con los nombres de todos sus enemigos. Y al lado de cada uno de ellos trazó una pequeña cruz. Enterados de ello, los enemigos del rey huyeron del país porque creyeron que esa pequeña cruz junto a sus nombres era señal de que él se vengaría contra ellos.

Sin embargo, era todo lo contrario. Por eso, el rey mandó publicar un edicto en el cual aseguraba el perdón para todos sus enemigos, y aclaraba que esa crucecita era para acordarse de la cruz de Cristo, a fin de poder perdonarlos sin venganza alguna.

De la misma manera, es como si Dios pusiera la cruz de Cristo junto a nosotros, para asegurarnos el perdón y la salvación. Porque “la sangre de Jesucristo su Hijo [derramada en la cruz] nos limpia de todo pecado” (1 S. Juan 1:7). En El “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7).

Al recibir el amplio perdón de Dios,
1) Nace en nuestro corazón el deseo de no volver a caer en el mal.
2) Le pedimos a El que nos ayude a vencer toda tentación.
3) Tenemos Paz interior y nos gozamos haciendo la voluntad divina.
4) Sentimos el impulso de contar a otros cuán maravillosa salvación y liberación del mal hemos encontrado en Jesús.

Esa incluso fue la orden de Señor, cuando dijo: “Cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo” (S. Lucas 8:39). ¿No contarás tú también a tus amigos lo que Dios ha hecho y sigue haciendo en tu vida?

5. POR FIN LIBRES
Todos anhelamos que llegue el día cuando podamos vernos libres para siempre del pecado y sus terribles consecuencias. Como lo vimos en el capítulo 7 de nuestro curso, ese día felizmente pronto vendrá. La condición actual del mundo nos dice que Jesús está por regresar a la tierra.

Y cuando El vuelva, terminará con todo el mal que hoy aflige a la humanidad. El pecado será reemplazado por la perfección, el dolor por la alegría, la vejez por la juventud, la enfermedad por la salud, la muerte por la vida eterna. Nadie nos tentará a hacer lo malo, y nadie nos impedirá hacer lo bueno. Viviremos libres para siempre de toda tristeza y corrupción. Estaremos junto a nuestro gran Libertador por toda la eternidad.

¿No te parece grandiosa esa vida libre y perfecta que podremos vivir en el reino de Dios por los siglos de los siglos?

Tan sublime será esa vida, que San Pablo declara: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”
(1 Corintios 2:9).

¿Quisieras estar en ese mundo de maravillas? ¿Ya has aceptado la salvación gratuita provista por Cristo? No te detengas. Acepta el regalo de la vida eterna que el Salvador- Libertador te aseguró cuando murió en tu lugar. Dile: “Señor, te acepto como mi Salvador personal. Mi profunda gratitud porque moriste por mí. Ayúdame a hacer tu voluntad. Cuando regreses, llévame a tu reino”. ¡Felicitaciones por tu sabia decisión!

6. TODO TE SALDRÁ BIEN
¿Te parece que algo podría salirte mal, si el Salvador obra en tu vida? Realmente, TODO TE SALDRÁ BIEN...
1. Si aborreces el mal y te alejas de cualquier forma de pecado.
2. Si aceptas a Cristo como el Salvador que murió para darte vida eterna.
3. Si reconoces tus faltas, y las confiesas a Dios para obtener su perdón.
4. Si como resultado de tu salvación en Cristo, haces lo bueno y te comportas de acuerdo con la voluntad de Dios.
5. Si te preparas para entrar en el reino de Dios, donde seremos libres para siempre.

Y terminado así nuestro tema, nos resta saludarte con el mayor afecto, deseando que Dios te bendiga ricamente y que tengas la protección de tu gran Salvador.

PARA RECORDAR
Con todo el poder que tenía, Cristo podía haber evitado la cruz. Pero estuvo dispuesto a privarse de su vida, para regalárnosla a nosotros.
¡Un sacrificio que sobrepasa nuestra comprensión!
¡Un amor que no merecíamos!
Y si tú hubieses sido el único pecador o pecadora del mundo, El igualmente habría muerto para salvarte sólo a ti. ¡Cuán preciosa es tu vida para Dios!

¡Porque es Tiempo de Liberación!

Nuestro próximo capítulo se titula: “TIEMPO DE DIALOGAR”.
¡Un tema fascinante! La clave del éxito de multitud de chicas y muchachos.

La voz.org

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