viernes, 20 de mayo de 2011

10.- EL HOGAR IMPERECEDERO.


“Tenga un Hogar Feliz, su Familia lo merece”
Lección 10/10

Con esta lección llegamos al fin de nuestro curso.
En los temas ya tratados hemos expuesto los elementos básicos para la formación de un hogar feliz. Nuestra intención fue brindar un material práctico y provechoso para toda la familia –tanto padres como hijos  incluyendo a quienes aún no han formado su propio hogar.

Hemos señalado la posesión de un hogar feliz como la meta máxima que puedan alcanzar los miembros de una familia. Sin embargo, ¿puede una persona alcanzar felicidad plena, por más que posea un hogar bien establecido? ¿No existe acaso en el hombre normal un ansia de una dicha mayor y perdurable? Sí, todos la tenemos. Continuamente soñamos con un mundo mejor, con una vida más grata, sin dolor, ni chascos, ni maldad. Si alguna vez se produjera tal clase de vida, entonces sí todos los hogares gozarían de una alegría sin límite.

1. ANSIAS DEL HOGAR

En cumplimiento de sus deberes profesionales, un joven padre debió realizar su primer viaje al extranjero, donde permaneció por espacio de un mes. Al cabo de ese tiempo el deseo de regresar al hogar era irresistible. Sonaba con el momento dichoso de volver a ver a su esposa y a sus hijos, especialmente a la hijita nacida en los días de su ausencia. Por fin llegó el día. Unas pocas horas de vuelo, y en el aeropuerto se encontraría con su querida familia. Las formalidades de rigor parecían interminables: certificado de vacuna, policía, aduana. ¿Cómo estarían sus amados? Sobre todo, ¿cómo sería la nena? Por fin llegó el anhelado momento de la reunión. ¡Abrazos, besos, emociones! ¡Qué sensación más dichosa: estar todos nuevamente en casa, mientras el papá sostenía en sus brazos a su hermosa hijita recién nacida!

Como este buen padre ansiaba llegar a su hogar, existe en el corazón humano el íntimo anhelo de llegar a un destino feliz, a lo que podríamos llamar el hogar imperecedero, o el reino eterno que Dios ha prometido a sus hijos, Y tan arraigado está este sentimiento universal, que de millones de corazones brota cada día la expresión del Padrenuestro: “Venga tu reino”. Es decir, el cristiano no sólo cree en el futuro establecimiento de un hogar perfecto e inmarcesible sino que también ruega al Altísimo que lo establezca en breve.

Cada vez que observamos la maldad de nuestro tiempo; cada vez que el vicio, la corrupción y el egoísmo hacen naufragar la felicidad humana, vuelve a agitarse en el alma ese noble anhelo de vivir una vida mejor en un mundo mejor.

2. UNA CASA EN REBELION

En las páginas bíblicas del Génesis leemos que en un principio Dios creó perfecto al hombre. Lo hizo a su divina imagen y semejanza. No había en él nada de objetable. junto a Eva, Adán disfrutaba de dicha plena en el hogar que el Creador les había dado. Allí todo era armonía y perfección. Y mientras ambos siguieran las instrucciones del Hacedor, retendrían su condición de pureza y felicidad. Pero el hombre, que había sido creado con libre albedrío, con capacidad para elegir y decidir por si mismo, desgraciadamente escogió el mal camino. Desobedeció las indicaciones precisas de soportar las inexorables consecuencias de su caída.  Y hasta hoy, tantos siglos más tarde, el hombre continúa incurriendo en rebelión contra el Creador. Todos, por las tendencias heredadas y la influencia del ambiente circundante, seguimos repitiendo –en mayor o menor grado – la desobediencia de la primera pareja humana.

Adán y Eva estaban llamados a vivir eternamente, sin dolor ni enfermedad. Tal era el propósito de Dios para ellos. Pero debido a su caída, pronto debieron soportar el debilitamiento moral y físico, que a la postre los llevó a la muerte. Y esta misma es la suerte actual de todos los vivientes. Nuestro mundo se ha convertido en una extraña combinación de hospital, lazareto, cárcel, campo de batalla y cementerio. La belleza y perfección originales de nuestro planeta han dado paso a tanta bajeza y perversión, que hoy no sabemos cómo remediar este cáncer moral que nos aflige. Y a todo este cuadro descorazonador se suma la indeleble rúbrica de la muerte, como el fin ineludible del hombre. Ante esta realidad, aun los mejores hogares ven empanada su felicidad si no poseen la esperanza de que finalmente el mal desaparecerá y el bien nuevamente reinará en la tierra.

3. LA SUPREMA ESPERANZA

No hay razón para desmayar. La maldad humana y sus consecuencias están llamadas a desaparecer.  Una dorada esperanza se cierne sobre la tierra. El propio Creador, dolorido con el actual orden de cosas, nos promete “cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2 S. Pedro 3:13). Un hogar perfecto, de dicha suprema: tal es la gloriosa perspectiva que nos presenta Dios. Sí, a pesar de todo, nuestro destino no es morir, sino VIVIR. ¡Y vivir eternamente en un hogar! Y para aseguramos tan luminoso destino, Dios vino al mundo en la persona de Jesucristo.

“De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo o unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (S. luan 3:16). La presencia de Jesús entre los hombres fue y sigue siendo la mayor garantía de que Dios cumplirá su promesa de damos un hogar imperecedero. El nacimiento milagroso del niño de Belén fue la clara manifestación de que Dios acudía en auxilio del hombre desvalido, con el propósito de redimirlo para darle un nuevo Edén. Y con su vida immaculada, durante 33 años el Hijo de Dios señaló el camino” de retorno a la perfección original. Pero si su vida nos asombra, su muerte nos conmueve sobremanera. Y es en esa hora culminante de su crucifixión cuando revela su infinita medida de amor y de sacrificio en nuestro favor. La muerte que nosotros merecíamos –a causa de nuestras maldades    –la sufrió voluntariamente él. Sólo su amor divino hacia nosotros puede explicar tal demostración de renunciamiento. Por eso todavía la cruz permanece como símbolo indiscutido del amor insondable de Dios.

4. VISLUMBRES DEL HOGAR PERENNE

Poco antes de que Jesús ascendiera de regreso a su trono celestial, declaró: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mí Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os aparejare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde o estoy, vosotros también estéis” (S. Juan 14:1-3). Con estas palabras, unidas a las muchas otras expresadas por él mismo, Jesús revela su firme propósito de preparamos “moradas” y un “lugar” en su reino. Y añade que regresará a la tierra para llevarnos con él (si somos fieles y justos), a fin de que podamos habitar en sus mansiones de gloria. Entonces realizaremos el viaje espacial más espectacular de la historia, y “así –como dice San Pablo –estaremos siempre con el Señor” (1 Tesalonicenses 4:17).

Frente a semejante perspectiva, surge naturalmente la pregunta: ¿Cuándo ocurrirá esto y cuándo regresará Jesús? Esta es exactamente la pregunta que una vez le formularon los discípulos al Maestro. Y su respuesta la encontramos registrada en el capítulo 24 de San Mateo y en otros pasajes de los Evangelios. Allí Jesús habla de las “señales” anunciadoras de su segunda venida a la tierra, “con poder y gran gloria”. Es decir, de los hechos que ocurrirían inmediatamente antes de su retorno. Y lo asombroso es que dichas “señales” se están cumpliendo en nuestros propios días, delante de nuestros ojos. Exactamente como el Maestro lo había predicho.

Esto nos indica:
1) que la promesa del regreso es verdadera, y
2) que estamos apenas a un paso del día feliz cuando la promesa se cumplirá. Echemos una mirada al mundo en sus aspectos moral, social, político, religioso y económico. Y la crisis que observemos nos dirá en lenguaje elocuente que “un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará” (Hebreos 10:37).

SI, estamos cerca del hogar imperecedero. Lo creamos o lo dudemos, el Señor volverá. Y cuando entremos en ese hogar, descubriremos que allí todo es perfecto. Las bellezas serán tantas y tan sublimes que pensando en ellas una vez San Pablo declaró: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9). Allí no sólo desaparecerán la angustia, la enfermedad y la muerte, sino que los redimidos volverán a reunirse con sus seres amados separados por la muerte, para vivir unidos por siempre jamás. Padres, madres, hermanos, hermanas, hijos, volverán a estar juntos en medio de una felicidad inextinguible.

Comprobaremos que ese hogar es real, material, tangible. No es la nube flotante ocupada por ángeles tocando el arpa, con que la imaginación humana a menudo representa la patria de los salvados. No, el hogar imperecedero tendrá suelo firme: calles de oro y fundamentos de piedras preciosas. Sus moradores “edificarán casas, y morarán en ellas; plantarán viñas y comerán el fruto de ellas” (Isaías 65:21). Y en las dilatadas praderas de la tierra nueva no habrá desierto, ni animales feroces, ni plagas, ni espinas, ni hojas secas que hablen de muerte.  Un jardín eternamente florido y una mansión de gloria nos esperan en breve.

¿Quién podrá despreciar un obsequio de tal magnitud?

5. ¿ESTAMOS PREPARADOS?

Nuestro hogar aquí en la tierra no es más que el aula donde aprendemos a preparamos para el otro hogar: el imperecedero, el celestial. La vida, la muerte, la resurrección y la pronta venida del Salvador nos aseguran la herencia de dicho hogar, si confiamos en Dios y le obedecemos. De ahí que San Pedro nos aconseje: “Oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz” (2 S. Pedro 3:14).

6. ¿HACIA DONDE VA MI HOGAR?

1. ¿Existe entre los miembros de mi familia el deseo de morar en el hogar imperecedero?

2. ¿Valoro lo que Dios hizo y sigue haciendo para asegurarnos dicho hogar?

3. ¿Inculco en mis hijos el amor y la obediencia a Dios, como la mejor manera de prepararse para el hogar celestial?

4. ¿Reconozco que Jesús volverá pronto a la tierra? ¿Se prepara mi familia para la llegada de ese día?

5. ¿Vivo “sin mancha e irreprensible” delante de Dios y de los hombres? ¿Qué puedo esperar de este mundo si no me preparo para el mundo mejor que Dios prometió?

Cuando llegue la hora final de la historia humana y se abran las puertas del hogar perenne, se cumplirán estas palabras: “El gran conflicto ha terminado. Ya no hay más pecado ni pecadores. Todo el universo está purificado. La misma pulsación de armonía y de gozo late en toda la creación. De Aquel que todo lo creó manan vida, luz y contentamiento por toda la extensión del espacio infinito. Desde el átomo más imperceptible hasta el mundo más vasto, todas las cosas animadas e inanimadas, declaran en su belleza sin mácula y en júbilo perfecto, que Dios es amor” (E. G. White, El Conflicto de los Siglos, pág. 737).


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9.- EL FACTOR SUPREMO DE LA DICHA FAMILIAR.


“Tenga un Hogar Feliz, su Familia lo merece”
Lección 09/10

Hace algún tiempo una revista de la ciudad de Nueva York publicó el estudio hecho acerca de dos familias norteamericanas.

 Por un lado estaba el hogar de Maximiliano Jukes, hombre incrédulo casado con una joven tan irreligiosa como él.
 Hasta la fecha en que se completó el citado estudio, se observó que sus descendientes fueron 1.026, de los cuales 300 murieron muy pronto; 100 fueron encarcelados por diversos delitos; 109 se entregaron al vicio y a la inmoralidad; 102 se dieron a la bebida, Toda esta familia costó al estado de Nueva York 1.100.000 dólares.

Por el otro lado se examinó la familia de Jonatán Edwards, hombre cristiano que se unió en matrimonio con una mujer igualmente creyente.

Sus descendientes fueron 729, de los cuales 300 fueron predicadores; 65 profesores; 13 rectores de universidades; 6 autores de buenos libros; 3 diputados, y 1 vicepresidente de la nación.

Esta familia no costó ni un solo dólar al estado. La diferencia abismal entre ambas familias no obedece a la simple casualidad. Mientras la primera de ellas cosechó los resultados de despreciar el valor de la fe, la segunda disfrutó de prosperidad y benefició a la sociedad como fruto o de una fe debidamente inculcada y practicada. El marcado contraste entre las referidas familias ilustra el poder innegable de la fe en Dios, como una fuerza espiritual que eleva y ennoblece los hogares donde se la cultiva sabiamente.

Una de las causas del descalabro mundial que tanto nos aflige –y que comienza por los hogares mal establecidos– es precisamente la ausencia de fe en el corazón del hombre y en el corazón de la sociedad: el hogar. Y como consecuencia de tal materialismo, descreimiento, insensibilidad espiritual e incredulidad, el mal prolifera por doquier y se desarrolla sin control. Es decir, la decadencia típica de nuestra civilización obedece a un abandono general de los valores permanentes que derivan de Dios y la fe en él.

Si la fe cristiana se cultivara en todos los hogares, no existiría rebeldía filial, ni delincuencia juvenil, ni afición a las drogas, ni prostitución, ni ninguno de los males característicos de nuestros días.

1. LAS MARAVILLAS  DE LA LAFE

En casi todos los casos el matrimonio se inicia ante el altar, cuando los contrayentes solicitan la bendición divina sobre su nueva vida. Pero es muy común advertir que poco después de esa hora sobreviene un olvido de Dios, y en el hogar recién formado se descuidan los valores espirituales y la fe en Dios comienza a agonizar. No es de extrañar entonces que con el transcurso del tiempo ese hogar vaya cargándose de problemas, y que ni los padres ni los hijos vivan felices en él. La planta de la felicidad no puede alcanzar su máximo desarrollo en un hogar donde no exista el terreno propicio de la fe. Pero, ¿qué es la fe? Olvidemos definiciones teológicas, y digamos que la fe en Dios es confianza en él y la seguridad de que para todos los problemas de la vida podemos acudir a él y encontrar oportuno socorro.

De ahí que en los hogares donde se cultiva esta clase de fe no existen el temor, la ansiedad o la desesperación. Siempre reinan la paz, la alegría y la convicción de que el mismo Dios que se buscó ante el altar sigue bendiciendo a toda la familia. Y cuando la adversidad azota el hogar por causa de una enfermedad incurable, la pérdida del trabajo o la desaparición de un ser querido, una vez más la fe humilde en Dios obrará maravillas, dando fortaleza y resignación a todos los miembros de la familia. Ante las mismas circunstancias, mientras el incrédulo se hunde en la desesperación, el creyente afrontará las mayores adversidades con total entereza, en la absoluta confianza de que su buen Padre celestial no permitirá que le ocurra nada que en última instancia no sea para su propio bien y el de los suyos.

 Ha puesto su mano en la del Altísimo, y está dispusto a recorrer –sin quejas ni amarguras– el sendero que le trace la Mano Guiadora, ya sea que transcurra por asoleadas llanuras o por valles umbríos. Todo lo aceptará con fe y por fe. Probablemente esta fe alcance su máxima manifestación cuando el alma está por sumirse “en valle de sombra de muerte” (Salmo 23:4).

Los que han cultivado la vida espiritual, tanto en el hogar como en privado, no le temen a la muerte. Saben que es sólo un sueño del cual despertarán. ¿De qué, pues, van a temer? La fe genuina, entonces, es mucho más que una actitud mental por la que se aceptan principios y doctrinas. Es un poder que vitaliza el corazón, ennoblece el carácter de padres e hijos, y llena de felicidad a toda la familia. No de balde Jesús exhortó: “Tened fe en Dios” (S. Marcos 11:22).

2. EL DIALOGO DE LA FE

Varios turistas extranjeros habían llegado al pie de los Alpes, con el deseo de conseguir unos ejemplares raros de flores que sólo crecían en la cumbre de dichos montes. Los forasteros estaban dispuestos a pagar una buena suma de dinero a quien pudiera recoger esas flores. Después de buscar intensamente, encontraron en una aldea vecina a un muchacho que se ofreció para escalar la montaña, Al día siguiente, el tierno muchacho regresaba de la cumbre con un gran manojo de aquellas flores tan codiciadas. Los turistas no pudieron menos que preguntarle cómo se había animado a subir tan alto, a correr ese riesgo. “¿No has tenido miedo?” volvieron a preguntarle. Y el muchacho con aire de valor y confianza, contestó: “No, miedo no, en casa somos pobres, y yo necesitaba ganar este dinero. Además, yo sabía que mi mamá estaría orando por mí”. En la casa de este valiente joven la oración formaba parte de los hábitos cotidianos de toda la familia. La madre oraba por sus hijos, y éstos por su madre. Y así la familia mantenía contacto con Dios y recibía su ayuda divina.

Orar es simplemente dialogar con Dios, o como lo dijera una preclara autora, “es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo”. Es la expresión espontánea de nuestras necesidades ante el omnipotente Ayudador, quien siempre está dispuesto a darnos lo que sea para nuestro bien. “Pedid, y se os dará”, declara Jesucristo, y añade: “¿Qué hombre hay de vosotros, que sí su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” ¿Podríamos pedir una promesa mejor que ésta?

 ¿Quiere usted tener un hogar feliz, unido y bendecido continuamente por Dios? Entonces incluya la oración como un hábito cotidiano, del cual participe toda la familia, padres e hijos por igual. Unos rogando por los otros, dando gracias a Dios por sus cuidados permanentes y pidiéndole que haga grata y próspera la vida de toda la familia. Si oramos con fe y humildad, dispuestos a hacer lo mejor de nuestra parte, nuestras plegarias tendrán respuesta. Una familia que eleva una breve oración por la mañana y por la noche, jamás fracasará. Los esposos serán más unidos y felices entre sí; los hijos serán más amantes y obedientes para con sus padres. ¿No deberíamos pedirle a Dios lo que una vez le pidieron los discípulos a su Maestro: “Señor, enséñanos a orar”?

3. EL LIBRO DE TODOS LOS HOGARES

La fe y la oración confieren belleza a la vida del hogar. Invitan a Dios a ser una realidad presente en el seno de la familia. Tal como lo decimos en el título de esta lección, constituyen “el factor supremo de la dicha familiar”. Pero para que estos dos pilares de la vida espiritual tengan real validez, deben apoyarse en el fundamento inamovible de la verdad divina, en la Revelación escrita del Creador, es decir, las Sagradas Escrituras.

Es en sus páginas donde se encuentra el alimento que nutre y mantiene lozana la fe. Y es también en ese libro excepcional, la Biblia, donde el hombre se descubre a sí mismo, porque a manera de espejo le va mostrando cómo es –con sus errores y defectos– a la vez que le da vigor para transformar su corazón. La Biblia y sus enseñanzas no podrían faltar en ningún hogar de éxito, y cuando dichas enseñanzas se toman en cuenta, se producen las más hermosas transformaciones, como lo ilustramos a continuación:

Un chico de once años de edad repentinamente es interrumpido por dos hombres incrédulos en plena vía pública. Le preguntan: “Dinos, ¿sabes tú donde está el cielo?” Y luego de un corto silencio, el niño contestó: “Sí. ¿Ven aquel gran edificio de departamentos? Allí, en el tercer piso y en el departamento 2, allí está el cielo”. Confundidos los hombres ante la insólita respuesta, le pidieron al niño que se explicara, que no entendían lo que acababa de decir. El pequeño entonces les narró que tiempo atrás su papá había sido un borracho empedernido.

Cuando llegaba a su casa, él y sus dos hermanitos huían de aquella siniestra figura de padre. En la casa no había comida; los niños no tenían ropa ni calzado. La esposa y madre vivía atormentada, y a menudo era castigada. “Y en su dolor –continuó diciendo el niño– mi mamá muchas veces decía desesperada: ‘¡Esta casa es un infierno–, esta casa es un infierno!’ Pero cierto día, señores, mi papá comenzó a creer en Dios y a leer la Biblia. Se hizo cristiano y dejó de beber. Desde entonces en casa tenemos comida, ropa y zapatos.

Y ahora somos tan felices, que mamá no se cansa de exclamar: ‘¡Esta casa es un cielo, esta casa es un cielo!’ Por eso les digo, señores –terminó narrando el niño– que allí en el tercer piso y en el departamento 2, donde vivimos nosotros, ¡allí está el cielo!”

La Biblia que transformó a ese hombre y a ese hogar, puede igualmente transformar la vida de todo aquel que se someta dócilmente a sus enseñanzas de amor y verdad. Entre dos esposos desavenidos puede proporcionar amor y armonía; entre los hijos siembra fortaleza moral y amor hacia sus padres.

Con razón dijo Gabriela Mistral: “La Biblia es para mí el LIBRO. No comprendo cómo alguien puede vivir sin ella, sin que empobrezca, ni cómo uno puede ser fuerte sin esa sustancia, ni dulce sin esa miel”.

Dichosos los hogares donde la Biblia –la Palabra de Dios– se lee con frecuencia y donde se practican sus enseñanzas. ¿No le parece? Jesús aconseja: “Escudriñad las Escrituras, porque ellas dan testimonio de mí”.

4. UN HOGAR MODELO

El cultivo de la vida espiritual es el mejor don que podamos ofrecer a nuestros hijos. Un hogar donde se conviva amistosamente con Dios redundará en feliz convivencia familiar. En un hogar tal los padres serán amigos de sus hijos y reinará un clima de permanente comprensión.

De los hogares sinceramente religiosos salen los hijos dispuestos a servir a la comunidad. Salen el obrero responsable y cumplidor, el profesional concienzudo y comprensivo, el empresario justo con su personal, el comerciante honrado y veraz, el empleado exacto y cumplidor. En otras palabras, un hogar cristiano forja de tal manera el alma y el carácter de los hijos que éstos llegan a ser una bendición donde les toca actuar.

En sus vidas encarnan las nobles enseñanzas del Maestro, quien señaló la necesidad de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y a Dios por encima de todo. Tales hijos han bebido ese espíritu de amor y de servicio durante su niñez y juventud dentro de su propio hogar, porque sus padres supieron inculcarlo y revelarlo en su propia conducta.

Son hijos que hoy, ya crecidos, saben honrar a Dios mediante una vida de bien y de obediencia a él.

La voz.org

jueves, 19 de mayo de 2011

8.- SALUD Y ALEGRÍA EN EL HOGAR.


“Tenga un Hogar Feliz, su Familia lo merece”
Lección 08/10

De todos los tesoros que poseemos los mortales, ninguno tiene mayor valor que la vida misma y la salud que de ella se deriva. Por eso cuando los padres y los hijos gozan de buena salud, pueden considerarse dichosos y poseedores de una gran fortuna. Pero cuando la enfermedad llama a la puerta del hogar, y desgasta las energías y agota las economías de la familia, entonces la felicidad también se enferma.

1. ENEMIGOS DE LA SALUD 

ENEMIGO NO. 1
La hermosa muchacha acababa de ser elegida reina del colegio secundario al cual asistía, Tan feliz estaba que a la noche siguiente fue a celebrar el triunfo con su novio. Poco después de la medianoche el teléfono suena en la casa del padre de la joven, y se le comunica que se presente en cierto lugar donde había ocurrido un accidente. A los pocos minutos, en plena ruta, debajo de un automóvil, el padre encontró sin vida los cuerpos de su hija y de su novio. Sobre el pavimento había una botella vacía, cuyo olor no dejaba duda de que había contenido el licor causante del accidente. Y entre sollozos el padre comentó: “¡Si yo pudiera encontrar al criminal que les vendió esa botella, lo mataría!” Al regresar a su casa el pobre hombre se encontraba tan deshecho, que pensó que necesitaba un poco de bebida fuerte para reanimarse. Abrió la refrigeradora, y en el lugar donde solía tener su botella preferida encontró una notita de su hija, que decía: “Papá, vamos a celebrar mi coronación, nos llevamos tu botella de licor. Espero que no te molestarás por eso, ¡Gracias!”

 Con su botella predilecta, el padre había provocado la muerte de su propia hija y de su novio. ¡Cuántas botellas semejantes a ésa, conservadas inocentemente en la casa, están siendo causa de ruina para incontable número de hogares! El alcohol está ensangrentando nuestras carreteras, llevando miseria a familias enteras, provocando problemas sociales y estropeando la salud y la felicidad de sus consumidores. Aun utilizadas en “dosis moderadas”, las bebidas embriagantes constituyen una amenaza permanente contra el bienestar del individuo y de los hogares.

ENEMIGO NO. 2
Otro enemigo de la salud es el tabaco. ¿Sabía Ud. que las dos principales causas de muerte en nuestros países son las enfermedades cardiovasculares y el cáncer? Y además, ¿sabía que estos dos males guardan una estrecha relación con el consumo de tabaco? Esto significa que quien se abstiene de fumar conserva mejor su salud y prolonga su vida. En efecto, según la información estadística sobre la materia, una persona que fuma durante tres décadas de 30 a 35 cigarrillos por día acorta su vida en un promedio de 11 años,

La nicotina contenida en el tabaco es un veneno casi tan fuerte como el cianuro, tanto que si se destilara la que hay en sólo tres cigarrillos, se obtendría una dosis letal para el organismo humano. Además, la nicotina es el alcaloide responsable del enviciamiento del fumador, del cual es tan difícil liberarse. Por otro lado, por el efecto vasoconstrictor que tiene, la nicotina enferma el sistema cardiovascular, recarga el trabajo del corazón y favorece el paro cardíaco. Pero el tabaco no sólo contiene nicotina. También contiene el alquitrán que congestiona los pulmones del fumador, y que tantas veces produce el temible cáncer pulmonar. Y como si no bastaran la nicotina y el alquitrán, el tabaco trae consigo el monstruoso séquito de treinta venenos más.

Quien desee gozar de buena salud y quiera ahuyentar la enfermedad de su hogar, hará bien en abstenerse –él con los suyos –del consumo de tabaco en cualquiera de sus formas. Los padres deben comenzar dando el ejemplo. Y no importa cuán aceptable y moderna parezca la costumbre de fumar, tanto el hombre como la mujer que fuman están atentando contra su salud y su felicidad, contra el bienestar de su hogar y contra su economía familiar.

Feliz de aquel que no fuma, o de aquel que ejerciendo su fuerza de voluntad, abandona su hábito tabáquico por el bien propio y el de sus seres amados.

ENEMIGO NO. 3
Otro enemigo que no podemos pasar por alto, son las drogas. La drogadicción constituye un dramático azote para muchos países. Está destruyendo hogares enteros, especialmente la vida de jóvenes que se inutilizan a sí mismos, cuando podrían disfrutar de buena salud física, moral y mental. Cuánto deberían cuidar los padres las amistades de sus hijos y el modo en que usan su tiempo libre, porque es entre las malas compañías y en los momentos de ocio cuando el adolescente puede verse arrastrado hacia el vicio y la corrupción de las buenas
costumbres.

Quien valore y respete la maravilla de su propio organismo, jamás podría aceptar en él la presencia de alguno de los tres enemigos mencionados. Es que el cuerpo humano no ha sido hecho para alojar toxinas y venenos.
El Creador desea que nos mantengamos sanos, y que para ello nos alimentemos sabiamente, descartando lo nocivo y aun siendo moderados en el consumo de lo bueno. La divina Palabra nos recuerda: “¿0 ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” (1 Corintios 6:19). “El templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (Id., 3:17). Sí, nuestro cuerpo es morada del Espíritu divino; es santo; es propiedad de Dios. No podemos maltratarlo sin apenar al Creador. Cada vez que nuestro organismo recibe en su seno sustancias tóxicas, queda afectada nuestra relación con Dios, a la vez que enferma nuestra salud física y espiritual.

2. HABITOS DEL BUEN VIVIR

Nuestra felicidad está condicionada a los hábitos de vida que cultivemos. Si en un hogar reina el orden, y no sólo hay un lugar para cada cosa, sino también un tiempo para cada tarea, la marcha general del hogar será exitosa y armoniosa. De ahí que, por ejemplo, sea de gran importancia tener:

a). Una hora más o menos fija para las comidas del día. Comer a cualquier hora, o estar masticando “alguna cosita” durante todo el día, es una costumbre perniciosa para la salud.

b). Un tiempo adecuado destinado al descanso. Acostarse tarde por la noche, para levantarse temprano a la mañana siguiente, es minar las energías físicas y nerviosas del organismo. La falta del descanso necesario a menudo es causa de irritabilidad y roces entre los miembros de la familia. El cuerpo cansado no rinde en el trabajo, ni brinda felicidad en el hogar.

En todo hogar se deben inculcar y cultivar buenos hábitos de vida: de orden, de alimentación, de trabajo, de estudio, de descanso, de higiene, de responsabilidad, de ahorro, de recreación y de buenos modales. Sin estos hábitos el hogar se convierte en un caos, Con ellos el hogar goza de salud y de contentamiento.

CONTROL SOBRE LA MENTE
Entre los hábitos del buen vivir, el modo de pensar es de capital importancia. En realidad, somos lo que pensamos. Si deseamos tener un hogar feliz, padres e hijos debemos tener pensamientos de esa naturaleza: optimistas, alegres, positivos. Es imposible labrar un hogar dichoso mientras abriguemos pensamientos lúgubres y negativos. Por otra parte, conviene recordar que la mente influye sobre el cuerpo. El espíritu alegre favorece la salud. En cambio, el espíritu amargado y el corazón angustiado alteran el buen funcionamiento del organismo.

3. LA SALUD ESPIRITUAL

QUE VEMOS, LEEMOS Y OIMOS
Si la salud física es importante, no lo es menos la salud espiritual. Y así como en buena medida la salud del cuerpo depende de la alimentación, también la salud del espíritu depende de cómo la alimentamos. Inadvertidamente pueden entrar en el hogar elementos que, en lugar de nutrir, enferman el espíritu. Tal es el caso de ciertos libros, revistas y programas televisivos, inconvenientes o decididamente perjudiciales, y cuyo contenido daña el corazón sensible del niño y enciende la violencia y la sensualidad en el adolescente. Una triste pérdida de valores y de tiempo para toda la familia.

QUE AMISTADES TENEMOS
Y lo dicho acerca de libros, revistas y espectáculos indebidos, se aplica también a las compañías malsanas de las cuales se hacen los hijos, e incluso los padres. Muchos hijos dan su primer paso descendente por causa de un mal amigo. Y muchos esposos caen en infidelidad matrimonial porque no han sabido mantener su lugar con matrimonios amigos o con allegados del sexo opuesto. Que las amistades sean puras, edificantes y respetuosas. De lo contrario, mejor no tenerlas. Tal el principio más seguro en el cultivo de las amistades que tengan los hijos y los padres.

CUIDADO DEL ALMA
“¡Mamá, dime algo, que me muero!” le decía a su madre una muchacha agonizante recién accidentada. Y le seguía diciendo casi con su último aliento: “Mamá, me has enseñado muchas cosas: cómo vestir y cómo fumar, cómo tomar el vaso de whisky y cómo cuidarme al salir con los muchachos. Pero no me has enseñado cómo morir. ¡Mamá, dime algo, que me muero!” Una madre que había formado a su hija para la sociedad”, pero sin una sola orientación espiritual que le diera fortaleza y esperanza en su hora postrera, Una muchacha sin la más mínima noción de Dios y de la trascendencia de la vida, porque sus padres no habían sabido inculcarle ninguna medida de fe. Y ahora, al borde de la muerte, se sentía vacía y perdida. ¿No es parte de la responsabilidad paterna velar por la salud espiritual de la familia? Porque, ¿de cuánto vale un cuerpo sano o un alma enferma? Ya lo dijo Jesús:
“¿cuánto le aprovecha al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? " La salud y la alegría del hogar sólo se consiguen cuando padres e hijos buscan por igual la dirección del Altísimo. Entonces sí hay sanidad integral, de cuerpo y de espíritu, y el gozo y la felicidad inundan el hogar.

4. ANALISIS PERSONAL

En esta lección acabamos de ver cuán importantes son los buenos hábitos de vida y el atender las necesidades del alma. Todo esto para que nosotros y nuestros hijos podamos gozar de salud y alegría. Y ahora ha llegado el momento de autoanalizarnos, para determinar si nuestra manera de vivir está contribuyendo realmente al bienestar integral de nuestro hogar.

He aquí unas preguntas para el análisis personal:

1. ¿Cuido de mi salud, a fin de preservar mi felicidad y la de mis amados?

2. ¿Pienso que el fumar me hace más hombre, o más moderna como mujer?

3. Si deseo buena salud para mis hijos, ¿les doy el ejemplo en el cuidado de mi salud?

4. ¿Se consumen bebidas alcohólicas en mi hogar? ¿Por qué? ¿Pueden ellas ayudamos en la conservación de nuestra salud?

5. ¿Qué puedo hacer para evitar que mis hijos caigan alguna vez en la drogadicción?

6. ¿Recuerdo siempre que mí cuerpo es templo del Espíritu de Dios, y que el verdadero dueño de mí vida es el Creador?


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