domingo, 12 de junio de 2011

10. “LA RELIGIÓN PURA Y SIN MANCHA”


La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: visitar a los huérfanos 
y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha en este mundo” (Santiago 1:27).

Viuda y huérfano son palabras que tememos por el tremendo dolor que conllevan. Sin embargo, son inevitables. 
Hay que hacerles frente. Pero la pregunta es “cómo”. ¿Cómo no dejar llevarse por la rebeldía y la desesperanza?
 ¿Cómo no caer en la angustia y la autocompasión? ¿Cómo aprender a ser fuerte, y volver a la alegría?

“Es difícil golpear ciertas puertas, sí. Pero vale la pena golpearlas más de una vez. Porque detrás suele haber un ejemplo que nos sirve a todos”. Así comentaba la revista “Gente”, el porqué de su entrevista a la señora María Susana de San Martín Larrabure, por entonces reciente viuda del coronel Argentino del Valle Larrabure, quien después de un año de secuestro y martirio había sido asesinado en agosto de 1975.

Queremos de aquella nota extraer sólo unas líneas: palabras que fueron de la señora Larrabure, pero que también son o pueden ser las de otras muchas mujeres que en una u otra manera han perdido a sus esposos, y están solas.

Decía la señora Larrabure: “Es duro seguir viviendo. Es duro seguir llevando este hogar . . . seguir adelante sola con una familia, con una casa”. Pero también decía: “Yo sufrí más durante el cautiverio que cuando me enteré de su muerte. 
No sé si podrá entenderme. Pero cuando me enteré de su muerte . . . sentí algo parecido al alivio. Sentí que él no sufría más . . . Su misión había terminado. Ahora, comenzaba la mía. La misión de aprender a vivir sin él, de vivir más para mis hijos, mañana para mis nietos; quizá la misión de muchas mujeres en distintos puntos del mundo, sólo que . . . es bastante difícil seguir de pie cuando le toca a uno”.

Verdad: es difícil cuando el dolor le toca a uno. Uno se siente débil, impotente, triste, desesperado, y a veces hasta rebelde . . . rebelde contra el destino, contra la vida; y algunos, contra Dios mismo.

Sin embargo, Dios comprende. Toma el caso como suyo y promete: “Tu pleito yo lo defenderé, y yo salvaré a tus hijos” (Isaías 49:25). Como dice el salmista, Dios se constituye en “Padre de huérfanos y defensor de viudas” (Salmo 68:5). 
La Escritura registra decenas de promesas y de mandamientos específicos para las viudas y los huérfanos, y para quienes se relacionan con ellos. Hasta llegar a decir que “la religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha en este mundo” (Santiago 1:27). 

Dios conoce a fondo el tremendo dolor 
de la viuda y del huérfano.
 Conoce su desolación y su desesperanza. 
Pero no los ha dejado sin fuerte auxilio. 
La Voz.org/MHP

09. “EL MILAGRO DESMITIFICADO”


Dadles vosotros de comer. . . (Marcos 6:37).

Decía Edison que sus inventos eran “10% inspiración y 90% traspiración”. Con esa ingeniosa frase o “invención” –que así también se refiere la retórica a las ideas del discurso oratorio– Edison, que no ostentaba su inventiva, pretendía desmitificar lo que para otros parecía nada menos que milagroso: invenciones tan nuevas que cada una abría ventana a un nuevo mundo. Pero, al decir de Cicerón, “ninguna invención es perfecta al nacer”. Eso era harto sabido por el famoso inventor. Sus contemporáneos vitoreaban a Edison por sus exitosos inventos, pero él se felicitaba por construir cada uno sobre miles de intentos fallidos. La perseverancia tenaz fue la virtud que sacó de su genio los inventos, y era su principal legado al mundo, más que sus inventos.

Decía Edison: “Un descubrimiento es un rascar de uñas; no hay que darle importancia. Pero la invención es otra cosa; no se debe al acaso, sino a la tenacidad, a la voluntad de obtenerla. Un trabajo tenaz, para desarrollar una idea tenaz; he ahí el secreto del inventor”.

Preguntamos: ¿No pasará algo parecido con ese fenómeno que llamamos “milagros”? ¿Podrían éstos beneficiarse –o más bien nosotros– de otro desmitificar? ¿No será que los milagros son también “10% inspiración y 90% traspiración”? ¿Cabe decir del milagro lo que dijo Edison del invento? “El [milagro] no se debe al acaso, sino a la tenacidad, a la voluntad de obtenerlo. Un trabajo tenaz, para desarrollar una idea tenaz; he ahí el secreto. . .”. 
De ser así, ¿Cuál es “el trabajo tenaz” o la “voluntad” que antecede el milagro?

Jesús dijo: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:29). Si sufrimos limitaciones en nuestro obrar cristiano, son impuestas por la incredulidad personal y no por sentencia divina. Jesús nos dice: “Vé, y como creíste, te sea hecho” (Mateo 8:13). La fe nuestra, o la falta de ella, determina nuestro universo de posibilidades. No le echemos la culpa a Dios, de lo que sólo nosotros somos culpables; ni revistamos con manto de piedad lo que no es otra cosa que pura incredulidad.

“Las obras que yo hago” –dice Jesús– “él [el creyente] las hará también”. No hay diminución en el teatro de operaciones aquí. Pero tiene que haber –al decir de Edison– “trabajo tenaz”. Hay que arriesgarlo todo, comprometerlo todo (hasta el pellejo), temer nada (ni el fracaso), volcarnos alma, cuerpo y espíritu a la misión y visión que Dios pone en la mente y el corazón. La fe obra las obras de Dios y Dios se especializa en lo imposible.
 Él dice: “nada os será imposible” (Mateo 17:20).

TOMEMOS UN FAMOSO MILAGRO de los Evangelios para ilustrar estos principios. 
En la lectura que sigue veremos el suceso extraordinario de la alimentación de los cinco mil.


El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; 
y aun mayores hará (Juan 14:12).

El milagro, como todo milagro genuino, comienza en el corazón de Jesús: “Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos. . .” (Marcos 6:34). Para obrar los milagros de Dios hay que tener la óptica de su Hijo. Ver el mundo como él lo ve; sentir lo que él siente; unir nuestro corazón al de él. Los milagros son siervos e instrumentos del amor. Pero, el milagro como dijimos anteriormente exige fe, 
creer en lo que dice Jesús. 
¿Qué dijo Jesús en este caso?: 
“Dadle vosotros de comer” (Marcos 6:37).
 ¡Vaya orden esa! ¿Qué hacer? ¿cómo ejecutarla?

Lo primero que les vino a la mente era que necesitaban adquirir los medios que permitirían obedecer el mandato: 
“Ellos le dijeron: ¿Qué vayamos y compremos pan por doscientos denarios, y les demos de comer?” (6: 37). Es típico, lógico y razonable pensar así. Cuando se yergue ante nosotros el descollante desafío que ya abrazamos como nuestro, vemos a todas luces que carecemos los recursos necesarios para realizarlo. Nuestras energías se desgastan en lo que alguien ha llamado “el parálisis del análisis”. Andamos nerviosamente de aquí para allá, nos arrascamos la cabeza y sacamos números y más números y toda la matemática suma a cero. 

Jesús apunta a los discípulos no a lo que no tienen sino a lo que sí disponen. A la pregunta de Jesús, “¿cuántos panes tenéis?”, ellos –después de un minucioso inventario- replicaron: “Cinco panes y dos peces”. ¿De qué sirven cinco panes y dos peces cuando hay un ejército de gente que alimentar? Pero, Jesús les enseñaría la lección que es cuna de todo milagro: lo que hay basta y sobra cuando se tiene a Jehová de Pastor. David lo había dicho mucho antes: 
“Jehová es mi pastor, nada me faltará”.
 ¿Lo sabemos nosotros? 
¿de verdad, lo creemos?

¿Cuáles fueron los resultados del milagro que nos ocupa? 
La Biblia dice: “Y comieron todos, y se saciaron. 
Y recogieron de los pedazos doce cestas llenas, 
y de lo que sobró de los peces” (Marcos 6:42,43).
La voz.org/MHP

sábado, 11 de junio de 2011

08. “LO QUE NO SE DICE DE LOS 10 MANDAMIENTOS”


Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: Yo soy Jehová tu Dios, 
que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.
 (Éxodo 20:1-2).

Es probable que hayamos estado citando incorrectamente los Diez Mandamientos. Los que nos los enseñaron cuando éramos niños, por lo general, dejaron de lado el versículo que Dios colocó al comienzo de la lista. Si lo eliminamos, el Decálogo se convierte verdaderamente en malas noticias; pasa a ser una lista de prohibiciones, un yugo de esclavitud.
 La gente, y hasta los sacerdotes y maestros, no han logrado comprender cuán importante es no omitir ese pasaje. 
Aún algunos que pretenden ser especialistas en predicar la ley de Dios, no lo han visto. Aquí está el versículo que debe hallarse al comienzo de toda versión correcta de los Diez Mandamientos: “Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: 
Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre”
(Éxodo 20:1-2).

¡En otras palabras, Dios comienza dándonos Buenas Nuevas! 
Aquí hay cuatro verdades con el poder de la dinamita, 
que pueden conmover al mundo:

Primera: Dios nos revela su verdadero Nombre: “El SEÑOR”. En hebreo es Yavé (algunos lo han modificado y dicen: Jehová), un nombre muy especial que incluye algo bueno que necesitamos comprender. El nombre de Jesús en hebreo significa “Jehová salva”. Dios se identifica como “el Salvador del mundo” (Juan 4: 42). 
Nos dice: “Yo soy tu Salvador, tu Amigo. Estoy de tu parte. Aquí te traigo algo bueno”.

Segunda: Este versículo ignorado nos dice que él es Dios de todo ser creado: “Yo Soy el Señor tu Dios”. Ese “tu” se refiere a ti, quienquiera que seas. Quizás digas, “lo siento pero yo nunca lo he adorado, ni servido”. Pero a pesar de ello, Dios te dice: “Yo Soy . . . tu Dios. Te pertenezco. Ya vemos que antes que Dios pronunciara el primero de sus mandamientos, predicó el Evangelio en esas palabras preliminares.

Tercera: En su preámbulo, Dios nos dice que el Egipto espiritual no tiene por qué ser nuestra tierra. Esto es cierto aun cuando todos nacimos allí. La tierra de oscuridad no es nuestro verdadero hogar. Por eso Dios habla en tiempo pasado. Dice: “Yo . . . te saqué de Egipto, de casa de servidumbre”. Ya te ha librado; pero estás como un preso acurrucado en su celda, sin darse cuenta de que las puertas de su prisión están abiertas. El precioso mensaje de esta introducción a los Mandamientos debe llevarnos a exclamar: “Oh Jehová, ciertamente yo soy tu siervo, hijo de tu sierva, tú has roto mis prisiones” (Salmos 116: 16).

Cuarta: Dios ya nos ha sacado de la “casa de servidumbre”. Así como escogió a Israel para que fuera su “hijo”, del mismo modo nos ha escogido a nosotros en Cristo. Israel nunca fue verdaderamente “esclavo” en Egipto. Los egipcios los hicieron pensar que eran esclavos; por eso fueron, equivocadamente, esclavos. Pero, en realidad, eran un pueblo libre que sólo esperaba que Moisés les dijera la verdad: “¡Levántense y vayan a su propia tierra!”

Cuando Jesús fue bautizado en el río Jordán, se oyó una voz que decía: 
“Este es mi Hijo amado, en quien tengo contentamiento”.

¡Esa voz te abrazó a ti al mismo tiempo! 
¡Todo esto va incluido en el maravilloso 
preámbulo de los Diez Mandamientos!
La voz.org/MHP